De pronto se detonan mis recuerdos y muchos sentimientos... Por Teresa Sepúlveda


Comencé mi carrera de comunicación hace 30 años en el periódico ABC, donde conocí la historia de su fundador, “Don Gonzalo Estrada Cruz” digno de toda mi admiración cariño y respeto. Un luchador incansable que tocó puerta por puerta para vender su publicidad y terminó siendo el dueño de 13 estaciones de radio y otros negocios más.

En esa época los pandilleros peleaban con piedras y palos, los jóvenes adictos a la droga bajaban de los cerros cargando la radio casera al hombro, para escuchaban su música “rebajada”, es decir como arrastrando la voz. Pocos tenían walkman y no existían los i pod, que años después nos servirían para almacenas cientos de canciones en un pequeño dispositivo que se llevaba en la bolsa de la camisa, gracias a la ingeniosa idea de Steve Jobs, que quería escuchar en todas partes a su admirado Bob Dylan.

En el periódico ABC cubrí la nota policiaca; en ese entonces los pandilleros eran el dolor de cabeza de la sociedad; morían en guerras de piedras y palos, usaban señas y decían “trinche pa arriba o trinche pa bajo”; tenían la ciudad llena de pintas, -así marcaban su territorio-.

Las pandillas se diferenciaban por una pañoleta, que bien podía ser roja o azul y las mujeres de la colonia, eran sus mujeres, así que la guerra comenzaba cuando alguien se enamoraba de “una morrra” que vivía en el bando rival.


En la etapa de los 90s me tocó cubrir el genocidio de la familia Aguillón, en San Nicolas; entonces los reporteros viajábamos en las unidades de los agentes ministeriales y si corríamos con fuerza, entrabamos antes que ellos a la escena del crimen. No había protocolos. Aunque las cosas supe cambiaron muchos años después gracias a Aldo Fasci, quien se encargó de implementarlos.


Aquella tarde, sentí que el olor de la muerte se impregnaba en mi ropa. Vi como sangre corría desde la puerta de la entrada por un largo pasillo del jardín, hasta llegar a la reja que daba acceso a la vivienda. En el costado izquierdo de la casa había una pequeña puerta por la que entramos a la casa, pasamos por la cocina y fuimos a dar a la recamara, donde me sorprendió la imagen de un bebe con un enorme cuchillo encajado en su espalda. Después de la cama, pegada a la pared estaba tirada la madre con trozos de cabello entre las uñas, como huella evidente de su lucha. Salí de ahí con el asco en la garganta y llegué a la sala, ahí me encontré con el medico forense, que me dijo: “Teresita, podría venir a ayudarme” si, claro que tengo que hacer le respondí. “Ponga la mano apuntando aquí”. Era justo la mitad de la espalda de un hombre que había quedado tirado en la puerta de la casa. Y siguió contando, ochenta y siente, ochenta y ocho…fueron más de cien puñaladas. Alberto Vázquez, quien también era reportero del mismo medio y había estado en la escena del crimen quería redactar la nota, y la jefa de información acordó que la firmaríamos y escribiríamos los dos. Mientras él revelaba sus fotos, yo comencé a redactar, pero no podía avanzar, tenía que evocar los hechos y eso me provocaba nauseas… finalmente hice mi parte y luego invertimos los papeles, yo me fui al cuarto oscuro a revelar mis fotos y Albero se quedó redactando.


El olor de la muerte estuvo presente por semanas, por meses, por años… aún me llega con el recuerdo de aquella tragedia.

Después de redactar esa noticia, pedí mi cambio a la sección de “locales”, ahí me tocó reportear las campañas políticas, pero esa, es otra historia.


Teresa Sepúlveda

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