¡Nos hemos equivocado tanto! Por Teresa Sepulveda Elizondo


La mañana del 11 de marzo del 2020 desperté con la noticia de que se había registrado el primer caso de covid-19 y que comenzaba a escasear el papel de rollo, dejando en claro las prioridades en una emergencia sanitaria.

Un mes después sobrevino la crisis de la cerveza. El gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón, declaró que la producción de alcohol y de bebidas alcohólicas no era una actividad esencial y por lo tanto se pararía la producción, distribución y, en consecuencia, la venta, trayendo como consecuencia que ese mismo día se abarrotaran los establecimientos y los carritos antes llenos de alimentos y productos de higiene, estuvieran ahora al tope de cerveza.


Y así fue creciendo el miedo, hasta llegar a los fármacos… La gente compró aspirinas por si las dudas, se compartieron videos de personas que aseguraban que, si las molías en molcajete y le ponías un limón y una cucharada de miel, en tres días podías curarte sin necesidad de visitar los hospitales (que algunas personas decían estaban saturados y otras como Paty navidad, que estaban vacíos).

De ahí en adelante se comenzaron a escuchar un sinfín de fórmulas con efectos poderos, tal es el caso de la titular de Secretaría de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien toma unas gotas de nanomoléculas que penetran el virus y lo matan.

Por esas mismas fechas recibí una llamada, para invitarme a un zoom, donde iban a hablar de los beneficios del dióxido de cloro; y aunque asistí, me puse a investigar más a fondo y supe que la La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) había advertido que estos productos podían poner en peligro la salud y ocasionar efectos tales como, insuficiencia respiratoria, cambios en la actividad eléctrica del corazón, baja presión, insuficiencia hepática, conteo bajo de células sanguíneas debido a la destrucción de los glóbulos rojos.

Estuve también en un fuego cruzado en lo que respecta al cubrebocas; por parte del gobernó federal, Hugo López Gatell, no encontraba utilidad en su uso, en tanto que el Gobierno de Nuevo León, anunciaba que todos debíamos portarlo, para evitar contagiar a otros… a un año de distancia me dicen que usé doble cubre bocas y en tiempos de campaña se usa triple.

Después encontré filas enormes de gente practicándose examen de covid-19, aunque no tenían ni un síntoma; por aquello de ser asintomáticos. Entonces se acabaron las pruebas.


Las clínicas y hospitales comenzaron a realizarlas, el costo oscilaba entre $1,300 hasta 7 mil pesos.

Algunas personas subieron fotos a las redes visitando a sus padres envueltos en bolsas de plástico para no tener el contacto directo, otras sus selfis con dibujos de Frida Kahlo, tejidos mexicanos y hasta con mensajes de protesta. En ese sentido, debo reconocer que los hombres son más discretos.

El hartazgo alcanzó a la mayoría de la gente y después de ver tantas series de Netflix, y comer como si no hubiera un mañana, comenzamos una nueva etapa… Las fiestas clandestinas. En ranchos, en casas. Y muchos proponían hasta en los camiones, (pues ahí no corrieras riesgo de contagio o por lo menos de sanción) según las autoridades competentes.

La respuesta no se hizo esperar, vino un incremento en los contagios y los muertos eran tantos que comenzaron a entregarse a veces en cenizas y otras más a la familia equivocada…los doctores estaban agotados y las enfermeras más.

Una mañana vi en un noticiero que un reportero anunciaba que se estaban agotando los ataúdes y daba a conocer que se estaban empezando a comercializar unos más ecológicos.

¡Quédate en casa! ¡Quédate en casa! Escuchaba el eco de la voz de Gatell que me llegaba desde las playas de Oaxaca.

Un día me llamó mi Amiga Angelina Oceguera y me dijo, yo me estoy cuidando y Carmen Martínez también, vamos a reunirnos. La tentación era mucha y sucumbí.


Nos quitamos el cubre bocas y mantuvimos la sana distancia.

A los tres días me llama y me informa que ella, su hijo y 8 amigos con que jugó cartas en una reunión se habían contagiado de covid.

El pánico se apoderó de mí, me sentía como un arma mortal, veía a mi esposo y a mi hija y me sentía culpable… ¿Y si los contagio? ¿Y si mueren por mi culpa?

La bala paso rosando, no tengo covid.


Teresa Sepúlveda Elizondo

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